Una invitación a salvaguardar y compartir tus espacios mentales

Una invitación a salvaguardar y compartir sus espacios mentales

Mi premisa es simple. Cuando no fotografiamos no solo perdemos la posibilidad de documentar un recuerdo, perdemos también la posibilidad de compartir lo que significó para nosotros en una forma que ningún otro medio de comunicación puede darnos.

Cuando era niño y vivía en Puntarenas recuerdo que para navidad recibíamos muchas tarjetas navideñas. De hecho, recibíamos tantas que las pegábamos en una de las paredes de la sala en forma de árbol y poníamos una cinta color verde alrededor demarcando su silueta. Ese árbol navideño de tarjetas es uno de los recuerdos más vívidos de mi niñez. También lo es el escuchar música en el tocadiscos de mi padre, que estaba en la sala, mientras veía al mar a través de una ventana. Esa ventana quedaría para mi íntimamente ligada a la música. Obviamente no lo sabía entonces.

Para el niño de 5 o 6 años, que era en ese momento, eso era su mundo. Ese niño no sentía ansiedad en la forma de anticipada nostalgia por la posibilidad de una futura perdida ya que ni siquiera se le ocurría pensar que ese mundo, el mundo de escuchar música junto al mar o de esperar la llegada de tarjetas navideñas pudiera llegar a tener un fin, después de todo si hasta ese momento siempre había sido así, porque no iba a ser así mañana.

Es más, ese niño ni siquiera era consciente de lo que disfrutaba de esos espacios y de lo que en ellos sucedía. Es ahora, el adulto de 47 años el que quisiera “tenerlos” porque es el adulto el que descubre al ver álbumes fotográficos que esos lugares que fueron importantes para él no quedaron documentados. Si, tal vez haya por ahí alguna foto en donde se vea un poco de la ventana en cuestión porque se estaba fotografiando alguna otra cosa, pero esa no es exactamente “mi” ventana. Por supuesto esos recuerdos viven en mi memoria, pero no es a eso a lo que me refiero cuando hablo de “tenerlos”, ni tampoco estoy hablando de revivirlos como si volver en el tiempo fuera posible.

A lo que en realidad me refiero es a la posibilidad de haberlos fotografiado y a la relativa “seguridad” de una fotografía que “dispare” mi memoria en caso de que esta falle con la edad o con un accidente. Quisiera que esos recuerdos estuvieran “asegurados” fuera de mi mente, pero recordar esos momentos no es la única razón por la que desearía tener esas fotografías, otra razón es que me permitiría compartirlos, con las personas que me importan, de una forma que no puedo hacer de ninguna otra manera, no importa cuanto lo describa con palabras o con letras.

A través de los años he “perdido” otros lugares que solo viven en el frágil universo de mi memoria. De mi abuela Nina, mi abuela materna, existen algunas fotografías y en ninguna de ellas veo a “mi” abuela Nina. Entiendo que la mujer en la foto es ella, pero al mismo tiempo no lo es. Lo que quiero decir es que mi recuerdo de ella está íntimamente ligado a sus acciones. Cuando la recuerdo lo que recuerdo es verla en la mesa de su sala “escogiendo” frijoles o arroz porque en ese entonces las bolsas con esos productos traían pequeñas piedras y otras cosas que debían ser desechadas. Y con el ojo de mi mente puedo recordarla perfectamente haciendo esas labores. Sin embargo, no hay una sola foto de ella haciéndolas, lo que hay son fotos descriptivas que no muestran a “mi” abuela Nina. Esa abuela que de alguna forma existe sólo para mí, pues sus otros familiares la recordarán de otras formas.

Toda fotografía impresa tiene una existencia literal como una representación bi dimensional en papel, pero además de esta existencia literal, o de lo que podría llamarse su espacio descriptivo, una fotografía también representa al mismo tiempo un espacio mental. Si, representa lo obvio, una sala, una ventana, una flor, o un paisaje, pero también el significado que esas cosas tenían para el fotógrafo. Nuestra forma particular de ver lo fotografiado. Y al no fotografiar esta visión particular de nuestro mundo se pierde con nosotros.

Es como si inconscientemente le otorgáramos a las cosas y las situaciones una estabilidad que en realidad no tienen. Si claro, si es un evento pasajero pensamos en registrarlo, por eso tomamos fotografías de cumpleaños ya que sólo ocurren una vez al año, de vacaciones o cuando hacemos turismo, ya que tenemos claro que no es seguro que volvamos a ver ese lugar. Pero cuando nos acostumbramos a los lugares o los eventos estos se convierten en rutinas y es cuando obviamos lo que todos sabemos y eso es que las casas, los parques, los automóviles se queman, se venden, se abandonan, se echan abajo para construir nuevos y las personas se van o mueren. En fin, hacemos a un lado lo obvio, que las cosas cambian y nosotros con ellas.

Los invito a pensar en sus relaciones y sus espacios, y a fotografiarlos no solamente para describirlos sino tratando de captar lo que significan para ustedes. Por ejemplo: Cuando recuerdan ese lugar que tanto disfrutan, ya sea una parte de su casa o un parque, ¿Qué hora es en ese recuerdo? O cuando recuerdan a un ser querido, ¿lo recuerdan en un lugar concreto?, ¿haciendo algo en particular?

Las fotos que acompañan este post son fotos de “mi” Sabana. Vivo en Sabana Sur y el parque La Sabana es, con todas sus imperfecciones, un lugar de relativa paz y tranquilidad para mí. Donde salgo a pensar-caminando. Y si, si van a la Sabana es posible que puedan encontrar los lugares que fotografíe… y aun así no serán los mismos lugares.